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Forget the costs and the scare stories: there are benefits and opportunities in climate change, which will inspire the public.

A film, The Age of Stupid, set in 2055, shows a world devastated by the effects of climate change. Looking back at the early 2000s — our time — it asks: why didn’t we stop global warming when we had the chance? For the evidence by that date that climate change was occurring, and would be cataclysmic in its consequences, was already clear. The movie doesn’t answer its own question; it doesn’t try to, because it is essentially a wake-up call for today, a cautionary tale. However, it demands to be responded to. The answer lies in what I call “Giddens’s paradox” of climate change. Global warming is a problem unlike any other which, as collective humanity, we have had to face before, both because of its scale and because it is mainly about the future. Many have said that to cope with it we will need to mobilise on a level comparable to fighting a war, but in this case there are no enemies to confront.

Giddens’s paradox states that, since the dangers posed by climate change aren’t tangible, immediate or visible in everyday life, most people will sit on their hands and do very little of a concrete nature. Yet waiting until the dangers become visible and acute before we are stirred to serious action will, by definition, be too late — we will already be in the territory described in the film. Giddens’s paradox affects almost every aspect of current reactions to climate change. It is the reason why, for people in most countries, global warming is a back-of-the-mind issue rather than a front-of-the-mind one. Political leaders have woken up to its dangers, but rhetoric runs a long way ahead of reality. Politicians are happy talking of what they will achieve in the long run — let’s say by 2055. They are much less persuasive when speaking of what they will do in the immediate present, which is when it really counts, since this is what actually determines the future.

Here I believe we need a radical shake-up in our thinking about how to confront climate change. Because of Giddens’s paradox, basing policy simply on trying to scare people is unlikely to work. Most citizens, most of the time, will simply tune out. Laudable though its intentions may be, The Age of Stupid is likely to have little impact — it is simply more of the same. Climate change policy at the moment is relentlessly negative, geared to the need to avoid future cataclysm. In their work The Death of Environmentalism, the American authors Ted Nordhaus and Michael Shellenberger quite rightly point out that Martin Luther King didn’t stir people to action by proclaiming, “I have a nightmare!”

In combating climate change, we should look to make a Gestalt switch from negative to positive, creating a vision of the future that has a compelling appeal. Rather than focussing on costs, we should identify benefits; rather than talking only about problems, we should also speak the language of opportunities; instead of concentrating only upon emissions-reductions targets, (such as the EU carbon trading scheme, whose complexities even specialists struggle to understand), the focus should be on goals, and means of reaching them, that citizens can readily understand and accept.

Countering climate change will cost money, no doubt about it. Yet it is a fundamental mistake always to be emphasising the costs. Breaking our reliance upon oil will bring major benefits, not least for many businesses. We can anticipate, and should do our best to encourage, a surge of technological innovation in response both to climate change and problems of energy security. Even in the short term, being in the vanguard of such innovation, and anticipating the lifestyle changes it will help stimulate, will confer competitive advantage upon businesses. The fate of the American car industry is salutary in this respect: it fell well behind the curve in grasping emerging trends.

Rescuing millions from poverty has to come first. Yet the more that economic success comes to depend upon being at the environmental cutting-edge, the less this theorem will hold.

Anthony Giddens, un socióogo británico que fue consejero de Tony Blair, habla de una paradoja: muchas personas se cruzan de brazos y no hacen nada ante amenazas graves, pero que no son tangibles, ni inmediatas ni visibles. Ahora bien, si para pasar a la acción se espera a que los problemas sean evidentes y se agudicen, entonces será demasiado tarde. Conviene vivir con una actitud previsora, tanto los gobernantes como la gente de a pie. En ocasiones este proceder puede resultar exagerado, pero el reto es superar la ignorancia y la manipulación. En su reciente libro ‘La polí­tica del cambio climático’, Giddens ofrece la clasificación que un organismo gubernamental inglés hace de los ciudadanos segón su percepción de la amenaza del cambio climático y su voluntad de respuesta. Con todo lo que nos está¡ cayendo encima -cosas bien tangibles, inmediatas y visibles- no sé si tendremos suficiente humor para preguntarnos en cles de estos grupos nos sentimos más reflejados. Un aspecto divertido y relajado de esta catalogación es su ausencia de maniqueísmo, o buenos o malos. Veamos, pues: Los ‘verdes positivos’ (impolutos y dispuestos a hacer todo lo posible para limitar el impacto medioambiental); los ‘vigilantes de la basura’ (siguen la pauta de no tirar nada y reutilizarlo todo); los ‘consumidores preocupados’ (pero no dispuestos de momento a hacer mucho más); los ‘partidarios al margen’ (aceptan que es un problema importante, pero «no pienso mucho en cuanta electricidad gasto o cuanta agua consumo, y olvido desconectar los aparatos», en palabras de un entrevistado); los ‘participantes prudentes’ (dicen que harían más por la mejora del medio ambiente, si otros lo hicieran); los ‘escaqueados’ (dicen no saber mucho al respecto y que carecen de medios para hacer nada); los ‘francamente no comprometidos’ (escépticos o indiferentes al cambio clim+atico; alguien dijo: «Tal vez haya una catástrofe medioambiental, tal vez no. A mí me da igual, yo me limito a vivir la vida que deseo vivir»). Yo, por mi parte, creo que estoy entre los ‘consumidores preocupados’, reciclo pero sin extrema observancia. No saco pecho, pero tampoco me escondo.

Los países que se consideran ricos lo son gracias a que han contaminado mucho durante mucho tiempo. Ahora se pretende que todos los países sean más sostenibles y los pobres que tienen que intentar crecer no lo van a conseguir ni nunca van a poder estar al nivel de los ricos si se les pone muchas trabas en este sentido. En el cambio climático hablamos de plazos mucho más amplios en el tiempo. Nosotros apenas nos daremos cuenta de este cambio climático. Se habla de desarrollo sostenible desde que se habla del cambio climático. Puede ser una buena ventaja competitiva para los negocios aunque no es fácil porque muchas veces va en contra de la maximización de beneficios. Aunque hay quien encuentra en eso su nicho de mercado y logra diferenciarse de los demás bajo el paraguas de la sostenibilidad

Cada tres años, la auditora holandesa KPMG, con la ayuda de la Universidad de Amsterdam, elabora un estudio sobre lo que llaman sostenibilidad de las empresas. Los resultados de 2002, dados a conocer esta semana en Bruselas, son espectaculares. Una parte creciente de las grandes compañías ofrece ya el informe verde y el informe social.

El 45% de las grandes compañías mundiales ofrece informes sobre su compromiso social y medioambiental Cañas, G. (2002) La rentabilidad del negocio verde y solidario. El Pais. 9 de juniio.via elpais.com

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